Relámpago: ¿Seremos capaces de ver?

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La pandemia, como un relámpago, nos aterra a todos pero, también, nos da un segundo de luz en la penumbra que debemos aprovechar. ¿Seremos capaces de proyectarnos como Nación? ¿Cuánto tiempo más podrá soportar el país de la excelencia científica, la distopía de la pobreza estructural?

Los aniversarios sirven para homenajear o conmemorar un hecho o una persona importante. Generalmente, cuando son sucesos trascendentales, ocurre que -año tras año- los discursos y efemérides se repiten de forma mecánica y van perdiendo sentido. Lo mejor es utilizar la fecha como disparador y buscar que el objetivo este lo más lejos posible. El desafío es trazar la parábola que forma el recorrido entre el arco y el blanco. A 75 años de culminada la Segunda Guerra Mundial, es pertinente, o quizá no, realizar algunas reflexiones, sobre el ultimo cataclismo humano de impacto histórico global. Hoy, acercándonos al millón de decesos en el mundo, una crisis económica sin precedentes y sin saber exactamente cuándo culminaran estos días espantosos, conviene trazar un puente entre el impacto de uno y otro suceso en nuestro país.

El primero de septiembre de 1939, los tanques de guerra alemanes avanzaron con su estrategia de Biltzkrieg (guerra relámpago) sobre territorio polaco dando inicio a la Segunda Guerra Mundial que, tras 6 años, se llevaría la vida de más de 40 millones de personas. Esta guerra, transformaría las relaciones de poder y el orden mundial por los siguientes 70 años. La neutralidad argentina hará difícil la adquisición de material bélico. En este contexto, una generación de oficiales que tienen nuevas ideas sobre la importancia de las industrias militares, favorecerán el desarrollo de la naciente  dirección de fabricaciones militares y la toma de conciencia por parte de ciertos sectores castrenses, de la profunda vulnerabilidad y dependencia externa en la que el país se encuentra postrado.

Sobre el final de la guerra, y ya en pleno ascenso político del ya para entonces Coronel Perón, en su conferencia en la Universidad de La Plata en donde lanza la cátedra de defensa nacional, el futuro presidente, pone en claro sus pensamientos que aún hoy tienen vigencia. El principio rector es que “la guerra es un hecho social inevitable” y que es necesario prepararse antes para la misma. La preocupación va en dos direcciones. Por un lado el fortalecimiento del instrumento militar. Por el otro, la cohesión interna para la cual es necesario desarrollar una enorme obra social, hermosa conjunción de palabras, que por el uso cotidiano y la íntima relación con trámites burocráticos, demoras y certificados para reintegros, se gastó y mal gastó hasta no valer nada. La defensa nacional, entonces, es un problema integral, que abarca todas las actividades y que no puede ser improvisada en el momento en que la guerra viene a llamar a sus puertas. Es una tarea de todos los organismos de gobierno y del conjunto de pueblo argentino. Estos conceptos, parecen estar vigentes si cambiamos algunas palabras y las remplazamos por otras.   

Ya en el Gobierno, Perón abandonará la vieja y anquilosada estructura ministerial que proponía un ministerio de guerra al que se le ensamblaba otro de Marina para avanzar con una idea moderna que recién en democracia pudimos consolidar bajo el esquema de Ministerio de Defensa conducido por un civil. La guerra, o la defensa, era demasiado importante para dejar en manos de los militares.

Se acercaba el final de la conflagración con el evidente triunfo de los aliados cuando bajo la presidencia de Farrel y, junto con un grupo de oficiales de la talla de Savio, Pistarini, Mercante y otros tantos mas, imaginaron un país diferente en lo que dieron en llamar el Consejo de Posguerra creado a través del decreto 23847. Un órgano dependiente de la Vicepresidencia por la que pasaron también los grandes empresarios del momento como Dodero y Di Tella. Allí pensaron escenarios y capacidades y desataron el potencial enorme que el país tenía, buscaron que el proceso de industrialización no sea auto centrado y que presente todas las externalidades positivas que traccionaba la industria para la defensa. El decreto de industrias protegidas, la nacionalización del banco central y la creación del IAPI, fueron parte de la resultante de las reflexiones de aquel consejo. De este órgano consultivo  surgirá luego el primer plan quinquenal que buscará el fomento de la industria, estimulo del capital privado, intensificación del intercambio comercial y un amplio programa de seguridad social entre otras tantas cosas. El peronismo, como un relámpago, transformó para siempre al país.

¿Cuáles de aquellas cosas están vigentes hoy en día en Argentina y en el mundo?
Como polacos sorprendidos, y sin posibilidad de defensa, hemos visto en un mapa de extensión, el avance de las manchas rojas proyectarse por el globo: aeropuertos cerrados, sistemas de salud colapsados, médicos, enfermeros y adultos mayores, muertos por miles. Hemos visto países avanzados que, a pesar de ello, no contaban con los medios para enfrentar la pandemia. Más allá de la carrera que los laboratorios lanzaron para lograr la vacuna normalizadora, la realidad concreta señaló con claridad que se tenían médicos preparados o no se los tenía, o se tenían camas de terapia intensiva o no se las tenía, se podían fabricar respiradores o no se podía. Como un relámpago el virus avanzó por sobre toda frontera, porque, al igual que el agua, el virus no tiene hueso y se filtra por todos los intersticios. Entonces fue tarde para todos y hubo que enfrentar la enfermedad, con lo que se tenía y sabía.

Por todas estas cuestiones, es destacable la metodología de trabajo que por aquellos años del General Perón se ponían en práctica. ¿No hubiese sido fantástico haber trabajado de modo tal que el sistema de salud tuviese las herramientas y los recursos para hacer frente a la pandemia en vez de degradar el ministerio de Salud al rango de Secretaría? ¿Es la pandemia un problema de salud o un problema integral que afecta a la salud? ¿No sería importante crear un consejo pos pandemia que, tras la búsqueda de objetivos políticos sociales y económicos, piense en prospectiva y evalúe escenarios más allá de la coyuntura? Por el momento, los gobiernos del mundo ensayan soluciones precarias, en este túnel de viento internacional en el que todos flotamos inmóviles.

Así como la guerra es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de las Fuerzas Armadas, pareciera ser que la pandemia es un drama catastrófico y singular, que sería imprudente dejar solo en manos de doctores e infectologos. No puede conducir la guerra, el que combate las batallas.

Decía Charles Tilly que el Estado hace la guerra y la guerra hace al Estado. Vamos viendo con el correr de los días -y sin ninguna intención de extrapolar conceptos porque sí- que si bien el Estado no hace la pandemia (creo), la pandemia si hace al Estado. La respuesta normativa al virus, la cuarentena, el control de productos y mercancías, el cierre de fronteras, el censo de infectados y muertos, la demarcación de zonas rojas  y la fuga de los ricos hacia zonas saludables, nos recuerdan al inicio del Decamerón con la diferencia que ni siquiera tenemos historias para contarnos. La respuesta medieval, parece ser la única posible en este momento, con los rezos del Papa Francisco incluidos, pero no parece que haya sido la que resolvió el problema de la peste en Europa en aquellos años.  La apertura de calles, los parque públicos la ventilación en las casas, los desechos cloacales y la disposición final de la basura, tuvo el éxito suficiente en los últimos dos siglos como para reiterar la confianza en que el drama de la salud, o la enfermedad, es un problema integral en donde no solo necesitamos la opinión de los infectologos y médicos. ¿No tendrán que opinar también los urbanistas sobre las posibilidades de las ciudadades de resistir un virus de estas características y los que van a venir? ¿No habrá llegado la hora de repensar la escala?

Una vez más, le toca al peronismo ser gobierno en un momento de cambios trascendentales. ¿Seremos capaces de proyectarnos como nación? ¿O seguiremos confiando en los reflejos políticos y sociales que parecen ser útiles para resistir y superar cualquier tipo de escenarios, pero no para avanzar hacia el logro de mayores capacidades y poder?

El éxodo económico que dejará la pandemia implicará la necesidad de que la recuperación no sea solo coyuntural. El desarrollo implica un esfuerzo sostenido en el tiempo, planificación y consensos más allá de los límites partidarios. El Peronismo Realmente Existente, parece haber abandonado la idea de grandeza nacional detrás de la cual se formaron varias generaciones y resignarse a la simpatía por los sectores más vulnerables, a un discurso que apela a la inclusión y la promueve, pero no resuelve el drama catastral de la injusticia social del conurbano bonaerense y de los nacientes conurbanos de las grandes ciudades.

No podemos seguir confiando en que, como el corcho, seremos inhundibles. En que no importa el naufragio del que seamos víctimas, siempre saldremos a flote; que la pelota que dejamos caer de nuestras manos, cada vez que toca el piso, rebotará y recuperará la altura para volver a nuestras manos, porque es sabido, que la inercia, va perdiendo fuerza y en cada pique la pelota recupera menos altura. La pandemia debe convocarnos a una reflexión profunda que nos proyecte hacia un futuro venturoso en donde el lanzamiento de un satélite no se vea eclipsado por la imposibilidad de garantizarle vivienda a los mas necesitados o soluciones habitacionales, como le gusta llamarlas al Peronismo Realmente Existente. Donde un reclamo salarial no derive en un apriete a cielo abierto al Presidente de la Nación, donde una reforma a la norma no derive en cavar más profunda la grieta. ¿Cuánto tiempo más podrá soportar el país de la excelencia científica, la distopía anatemática de la pobreza estructural?

La pandemia, como un relámpago, nos aterra a todos, pero nos da un segundo de luz en la penumbra que debemos aprovechar. ¿Seremos capaces de ver?

*Politólogo UBA, maestrando en Defensa Nacional UNDEF