Gran corona de espinas

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Todo lo que da valor a este tipo de bien inmobiliario, la corona de espinas, hoy parece un mal chiste. La cercanía a las plazas, al centro, a la boca del subte, a las zonas comerciales: ¿Para qué sirve todo eso en estos momentos? ¿Cuál será el destino de estas megas ciudades, de servicios y consumo, herederas de la ciudad industrial y la modernidad?

En 1989, Guillermo Kuitca presentaba una obra que mostraba la vista aérea de un departamento de clase media con el agregado de espinas que remitían a la corona de Cristo. En su momento tuvo varias interpretaciones. La más significativa fue relacionarlo con los centros clandestinos de detención que la última dictadura cívico- militar había desplegado a lo largo y ancho del país, y a las torturas que allí se practicaban. También, en una mirada menos política, se lo vinculó al encierro de los niños de departamentos que, entre cuatro paredes, repiten una y otra vez sus rutinas y juegos. Como no vincularlo también con aquel discurso Menemista de ese mismo año, que interpelaba a la familia convocando a trabajar por “los niños pobres que tienen hambre y por los niños ricos que tienen tristeza”.

En estos días en que la pobreza y la tristeza van de la mano y en aumento, ¿Cómo no entristecerse por los niños pobres y tristes de hoy?

La vida en departamentos de clase media, confortable, eficiente, cercana a la ciudad y al consumo. Lugar al que se va a dormir pero en el que se vive poco. Las máquinas colectivas  de Vivir o de habitar no son muy amigables para las maquinas de aprender en crecimiento y desarrollo. El status, los sillones que parecen dispuestos para la foto, las demasiadas cosas rompibles, la eficacia en el uso de los espacios predeterminados pensando en una pareja arquetípica,  su heladera y su lavarropas, la iluminación, las paredes de 15, el ruido del ascensor y de los vecinos, la “buena vista” que en muchos casos no alcanza mas que a la vereda de enfrente o al balcón del vecino. Todo conspira contra los niños. Para completar el cuadro, desde mediados de marzo no pueden visitar a los otros niños, o por lo menos es algo que debe organizarse muy bien, con mucho tiempo y muchos recaudos. Presos entre cuatro paredes, ya no disponen de la escuela, del club, o la iglesia. Los niños que crecimos en casa, con barrio y vereda, huíamos de esos lugares. Los niños de departamentos lloran por no poder ir. 

En la Argentina, de acuerdo al CENSO 2010, solo el 11% de la población vive en departamentos o en unidades funcionales similares, pero en la ciudad ese número se eleva al 72%. En Rosario y Córdoba cerca del 25%, en Mendoza sube al 40%. En el Gran Buenos Aires, por su parte, habita el 25% de la población total en un territorio que no alcanza al 1% de la superficie nacional. En el conurbano, si sumamos a los departamentos, casillas, habitaciones y hoteles, el número podría acercarse al 20% de la población total viviendo en este tipo de locaciones. El número de personas que viven en esta gran corona de espinas, podría ubicarse entre los 5 y 6 millones.

Desde el 13 de marzo, último día de clase, los niños perdieron la posibilidad del contacto real. Condenados a jugar con sus padres, o juegos de computadora, absorben día a día el profundo empobrecimiento de la familia, de sus padres y de sus vidas. Volvió el Split el hastío, la anomia. Todos tenemos algo de esquenun por estos días. En los niños las consecuencias son evidentes. Llantos frecuentes, ansiedad, nervios, irritabilidad,  retrocesos en su maduración y también en el aprendizaje; pesadillas, obesidad, estrés y veremos con el tiempo los diferentes traumas que el confinamiento dejará. Por el momento, tenemos las no muy confiables encuestas, que nos avisan que se avecinan problemas.  

Cerca de 1000 millones de chicos y chicas en edad escolar, han sufrido este evento traumático masivo que, aunque aparentemente inocuo hacia los niños, por lo menos en lo que refiere al contagio del virus, sin dudas dejará secuelas futuras que al momento no son fáciles de medir porque se presentan de manera invisible o, por lo menos, velada. Más grave aun, cuando se trata de niños y niñas que ya estaban transitando patologías o situaciones traumáticas. En Argentina, donde casi como un mantra, se recitaba que “los únicos privilegiados son los niños”, no podemos dejar de prestarle atención a este problema. La gravedad de la crisis sitúa al 60% de los niños creciendo en familias pobres y, el 40 % restante, los niños ricos que tienen tristeza, hoy atraviesan sin duda el momento más triste.

A los adultos, por cierto, no les ha ido mejor. Al igual que los niños, llantos frecuentes, ansiedad, nervios, irritabilidad, obesidad, estrés, canas prematuras. La irritabilidad, las tensiones en la pareja que conlleva la vida 24x7 es profundamente destructiva. En muchos casos, las dificultades económicas, mantienen unido lo que debería estar separado, en una verdadera olla a presión. Además, lo real. Pérdidas de empleo, cierres de comercios y pymes y, nada más y nada menos, que contagios masivos.

Por otra parte, todo lo que da valor a este tipo de bien inmobiliario, la corona de espinas, hoy parece un mal chiste. La cercanía a las plazas, al centro, a la boca del subte, a las zonas comerciales. ¿Para qué sirve todo eso en estos momentos? ¿Cuál será el destino de estas megas ciudades, de servicios y consumo, herederas de la ciudad industrial y la modernidad?

La pandemia inició con gran jolgorio, un esfuerzo de unidad aceptado por todos o casi todos, con aplausos a los trabajadores de la salud y escenas de balcón protagonizadas por toda clase de músicos amateurs que ya han guardado hace rato sus instrumentos. Ya todos hicimos pan, yoga, respiramos profundo, descubrimos el valor de las pequeñas cosas, leímos los consejos de los sabios del estado de WhatsApp y un montón de pavadas por el estilo. La creatividad puesta al servicio de la paciencia logró que durante varios meses fuese inconveniente criticar la cuarentena o, por lo menos, costoso en términos políticos. La imposible épica de quedarse en casa, finalmente se agotó -como era previsible- y comenzaron los problemas. De a poco las personas fueron saliendo de su corona de espinas, juzgados  por la implacable superioridad moral del confinado que solo fue capaz de ver egoístas, individualistas e imbéciles en los trotadores de plazas y en los padres que salían a caminar con sus hijos.

Luego de 200 días, la oposición de la oposición encabezada por el ex presidente Mauricio Macri, casi olvidado desde marzo luego de tan desastrosa gestión, entiende que tiene una oportunidad y la busca, por supervivencia o por ambición. La vuelta a la grieta es evidente y, con ella, los discursos de odio sobre los que el Jefe de Gabinete Santiago Cafiero hace días llama a la reflexión. Por el momento, el gobierno propone un salto o una salida por arriba del laberinto como proponía Marechal, sugiriendo que el dilema Salud o Economía es falso. No obstante, parece una maniobra evasiva ante la imposibilidad de hacer más. La caída económica existe mas allá de los esfuerzos realizados por el gobierno, reconocidos por todos aquellos que aun tienen honestidad intelectual.

Existen también en el oficialismo quienes invierten en la grieta por considerarla ventajosa en términos electorales. ¿No es peligroso apostar a la confrontación en un país con la mitad de su población sumida en la pobreza? Es evidente que, si a Macri lo invitan a pelear, se va a subir al ring con gusto y va a intentar alguna piña. Cuando eso suceda, será la mano de un ex presidente la que pegue e, inevitablemente, va a doler.

Hoy atravesamos un cansancio enorme, una irritabilidad social y crispación, que tiene que ver con la pobreza estructural empeorada por la pandemia, pero también con lo domestico, con la Corona de espinas en la que vive la clase media que no encuentra perspectiva y comienza a dar lugar a discursos de odio que parecían olvidados. La desesperación en cuotas, generalmente implosiona, a veces estalla. La región entera sufrió una ola de violencia hace tan solo un año: Venezuela, Perú, Ecuador, Chile, Brasil y Bolivia se vieron sacudidos y sus gobiernos tambalearon. El último de ellos cayó. Todo lo que el año pasado quebró la paz social en la región, se detuvo por la pandemia, pero está ahí, agazapado, hibernando, esperando para salir. La Argentina probablemente evitó el conflicto por la solidez de sus instituciones y por encontrarse en marcha el proceso eleccionario, pero no debe confiarse. El próximo dilema que puede enfrentar el gobierno es Salud o Paz Social y, sin dudas, cuando las cosas se presentan en esos términos, los recursos lingüísticos y la razón pueden quedar de lado ante la única verdad que es y seguirá siendo la realidad. En momentos en que se discute el presupuesto 2021 y que el gobierno apuesta al consumo y la obra pública para reactivar y mover la economía, es bueno recordar al otro padre de la democracia, siempre eclipsado por Alfonsín, una figura querido y citado por Alberto Fernández. Nos referimos, por supuesto, a  Saúl Edolver Ubaldini. Pan, Paz y Trabajo parece ser un buen programa para la post pandemia.