Informe sobre el odio

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En los últimos días se ha registrado un preocupante aumento en la circulación de discursos agresivos, que han derivado en escenas de violencia hacia un grupo de trabajadores de prensa durante una manifestación en el obelisco.

La relación entre estos discursos violentos y los hechos registrados no es directa ni univoca, pero tampoco inexistente. A esta altura de los acontecimientos, el vínculo entre estas expresiones y los hechos violentos aparece enunciado por distintos actores políticos y sociales como discursos de odio.

En los últimos años, Estados nacionales, organismos multilaterales y organizaciones de la sociedad civil, han realizado esfuerzos por comprender y hacer frente a este fenómeno que, si bien no es nuevo, se ha visto intensificado a partir de sucesos como el Brexit y el ascenso al poder de personajes como Trump o Bolsonaro.

Para avanzar en la conceptualización de estos discursos, intentaremos realizar un acercamiento a sus principales características en tanto discursos sociales, es decir como prácticas sociales, y no como meras expresiones aisladas de cierto estado de ánimo o enojo.

La temática presenta una complejidad especial, en función de que estos discursos se ubican en un vértice conflictivo entre el derecho a la libre expresión y el derecho a no ser discriminado, segregado o agredido, por cuestiones de clase, raza, género u opiniones políticas. En primera instancia podríamos decir que los discursos de odio tensionan libertad e igualdad en el espacio público al punto que, en el Sistema Interamericano, la cuestión encuentra tratamiento contradictorio entre la Convención Interamericana de Derechos Humanos y la Convención Interamericana Contra Toda Forma de Discriminación e Intolerancia.

En una primera aproximación al tema, podemos señalar que los discursos de odio son expresiones utilizadas para acosar, perseguir, segregar o justificar la violencia hacia personas, o cierto grupo de personas, que generan un ambiente de intolerancia e incentivan la hostilidad. Los discursos de odio, en tanto discursos sociales, están constituidos por memorias cargadas de esquematizaciones sobre el funcionamiento del mundo y que determinan globalmente lo que legítimamente se puede decir, y hacer, sobre cuestiones que hacen a la raza, la sexualidad, la religión, las opiniones, el origen nacional o social de las personas.

En primera instancia podríamos decir que los discursos de odio tensionan libertad e igualdad en el espacio público al punto que, en el Sistema Interamericano, la cuestión encuentra tratamiento contradictorio entre la Convención Interamericana de Derechos Humanos y la Convención Interamericana Contra Toda Forma de Discriminación e Intolerancia.

Los discursos de odio, en su circulación y legitimación, conforman un sentido de las cosas, un sentido del todo evidente, a partir de ideas y preconceptos sobre las características y las intenciones del “otro”, no por conocimiento, sino como objeto de creencias. Esta construcción imaginaria del otro, que existe desde hace tiempo bajo la forma de miedos o temores, se articula políticamente en períodos de incertidumbre como la pandemia de COVID-19, a través de una serie de explicaciones conspirativas o paranoicas sobre lo que sucede: el “Virus Chino” de Trump, o “La Gripecita” de Bolsonaro, constituyen condición necesaria para el antagonismo político entre EEUU y China o comportamientos irresponsables hacia la salud pública, en Brasil.

Con los discursos que promueven la violencia, la segregación o la discriminación sucede algo similar. Para que se produzcan actos de violencia es necesario primero que cierto grupo de personas sean señaladas como lss responsables de las desgracias que se atraviesan: la chorra, el títere, los choriplaneros o los de C5N, son solo algunos de los ejemplos donde podemos encontrar cómo la construcción de campo simbólico difamatorio antecede a los hechos de violencia. La precondición dóxica, como señala Alejandro Kaufman, funciona como el campo simbólico necesario para que actos de responsabilización, difamación, hostigamiento, discriminación o violencias puedan ser llevados adelante.

Como hemos señalado, los discursos del odio articulan en su interior una concepción tradicional y conservadora sobre el mundo que promociona, de manera autoritaria, ciertas normas de conducta. Estas normas se organizan sobre rechazo a la diversidad, la diferencia o la disidencia o al ejercicio de la libertad de parte del otro.

Los discursos de odio buscan imponer una forma única de interpretar los acontecimientos, por lo general contraria a toda ampliación de derechos: sea el de los extranjeros de acceder al trabajo, o las personas LGTTBI a ciertos derechos de ciudadanía o el de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo. Por estas características, los discursos de odio son generalmente dirigidos contra grupos de personas que son visibilizados como amenazantes, o responsables por la pérdida de un orden político y social idealizado, que se pretende reponer a partir de la eliminación de esa amenaza.

Para lograr este estatus, los discursos de odio deben salir del ámbito privado y conseguir validez en el espacio público. Para que esto suceda, personas con legitimidad política o social deben hacer uso de esta condición para avalar su existencia. Los discursos de ciertos miembros de la oposición política cumplen sin lugar a dudas esta función.

Los discursos violentos o estigmatizadores organizan una voluntad política como “doctrina de hierro” que busca la unidad de los que estén a favor de la eliminación de todos aquellos que no se corresponda con su forma tradicional de habitar el mundo. A diferencia de una lógica que busca construir hegemonía, los discursos de odio buscan cumplir una función unificadora que, en términos de Antonio Gramsci, funcione a la manera de los discursos religiosos: una voluntad de unir sin negociación, doctrinaria.

Una de las formas más naturalizada de los discursos de odio lo constituye la difamación. Según Jeremy Waldron, la difamación es una práctica regular sobre ciertas personas, o grupo de personas, que afectan su reputación y las posibilidades de ejercer sus derechos políticos y sociales. Estos ataques a la reputación de las personas, constituyen un asalto a la dignidad de las personas, entendiendo por dignidad la posición social básica que permite el reconocimiento del otro como un igual, como ciudadano y como ciudadana.

La otra cuestión relevante sobre los discursos de odio remite a la constitución de una legitimidad necesaria para que circulen, a la eficacia social de sus enunciados y a la construcción de un público de adherentes. Para lograr este estatus, los discursos de odio deben salir del ámbito privado y conseguir validez en el espacio público. Para que esto suceda, personas con legitimidad política o social deben hacer uso de esta condición para avalar su existencia. Los discursos de ciertos miembros de la oposición política cumplen sin lugar a dudas esta función.

Esta conceptualización de los discursos de odio, en tanto discursos sociales, intenta correrlos del campo de lo extraordinario o lo esporádico, y colocarlos en el campo rutinario de las construcciones sistemáticas, de las rutinas racionalizadas de la articulación política. Los discursos de odio son prácticas sociales, estructurantes de la subjetividad, de una parte de nuestra sociedad que ha encontrado en el sistema político argentino las formas de su habilitación, que hoy les permiten realizar actos de violencia como los que pudimos observar el otro día en el Obelisco, que no son los primeros y seguramente no serán los últimos.


*  Licenciado en Ciencias de la Comunicación UBA. Co-titular del Seminario Optativo de Comunicación Política. Integrante del Grupo de Estudios Críticos sobre Ideología y Democracia (GECID)-IIGG.