El odio como lenguaje

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El odio como motivación, la difamación y la mentira como instrumentos, la descalificación y el agravio como recursos, la deshumanización de quien piensa, actúa, parece o es diferente, no son modos novedosos de relación entre las personas. Basta con echar una mirada a nuestro pasado casi inmediato y al de la mayor parte de las sociedades y culturas para comprobarlo.

Sin embargo, el auge de las redes sociales, la horizontalidad de la comunicación, la híperconectividad, la creciente virtualidad de las relaciones interpersonales, la igualación de necesidades, derechos, ambiciones, caprichos y pretensiones en un Cambalache que ni en sus peores pesadillas podría haber alucinado Enrique Santos Discépolo, ha dado una vuelta de tuerca al tradicional recurso de deshumanizar al otro a fin de aplastarlo. Aquel que ayer utilizaba el odio como recurso para conseguir un propósito, casi sin advertirlo se ha transformado a su vez en recurso de un odio que parece carecer de propósitos. Y, en la enorme mayoría de los casos, al menos conscientemente jamás llega a tenerlos.

Las redes sociales permiten y de algún modo “autorizan” el anonimato, la despersonalización o la virtualidad. Facilitan un modo de relación que, de tan distante e inhumana, revela pozos ciegos del alma difícilmente imaginables, al menos de modo tan bestial, de tener que decirse cara a cara. Esa inhibición se debe –pensemos bien de nuestros semejantes– menos al temor a una represalia que a la comprobación de que nos estamos dirigiendo a otro ser humano con similares tristezas, amores, vergüenzas, ilusiones, flaquezas, deseos.

Hace muy poco una persona de reconocida pertenencia política manifestó en Twitter que se encontraba angustiada por su padre, quien atravesaba un grave problema de salud. No hubo piedad. Ni siquiera la elemental piedad de cortesía o de interesada solidaridad (¿quién piensa realmente que jamás atravesará un momento semejante?). No hubo freno inhibitorio alguno o sentido de humanidad en las respuestas: le desearon la muerte. Por algún motivo, por sus ideas, por su adhesión política, por sus creencias, merecía sufrir. Y si para provocar ese sufrimiento era necesario acabar con la vida del padre, que esa vida acabara.

Es lícito preguntarse si quien expresa semejantes aspiraciones tiene real conciencia de lo que está deseando. ¿Comprenderá las consecuencias de deseos tan monstruosos?

La naturaleza imita a Twitter

Es fácil advertir en las redes “sociales” –nunca más inadecuado un eufemismo– el agravio sistemático como modo de disciplinar el pensamiento. El tono de los ataques suele ser desinhibido y odioso: son esos excesos los que marcan el ritmo de conversaciones que ya exceden el ámbito del que aparentemente han surgido.

Las redes se han convertido en espacios de furia, irracionalidad y denigración, plataformas donde las discusiones originadas en el debate político se amplifican y exasperan. Pero lo que resulta inquietante y ciertamente peligroso es que la actividad política termine chapoteando en el mismo fangal, y que sólo parezca capaz de transformar los desacuerdos y disidencias en la exhibición de violencia, irracionalismo y espectacularidad.

La política, instrumento para dirimir conflictos e intentar armonizar intereses contrapuestos, no sólo no debería contaminarse del odio y la irracionalidad que en muchos casos promueven estas plataformas, sino que debería hacer lo imposible por evitarlos. Sin embargo, el habitual discurso violento de las redes ahora es adoptado, sin atenuar tonos o intensidades, por distintos actores en el espacio público presencial, vivo e institucional.

Algunos piensan que esto ocurre en el debate político y en los medios porque, en un escenario de sobrecarga informativa, gritar más fuerte, herir más profundo, conseguir un buen golpe de efecto se parece mucho a una disputa por la atención.