Por Victoria Albornoz Saroff*

*Feminista, docente e investigadora.

Este año se conmemora un nuevo aniversario del primer grito Ni Una Menos esa lluviosa tarde del 3 de junio de 2015. Un acontecimiento que marcaría un antes y un después para el feminismo contemporáneo que supo incorporar a sus filas a un amplio sector de la sociedad, tan masivo como heterogéneo. En este breve período de tiempo, el movimiento feminista impulsó una serie de avances desde distintas dimensiones sociales, políticas y culturales. Así también, motorizó el surgimiento de nuevas figuras de representación, dotando de nuevos sentidos tanto a las instituciones sociales como el modo en que nos relacionamos y nuestro hacer cotidiano.

Desde las distintas latitudes del mundo, existe una historia rica en expresiones y teorizaciones feministas. Al interior de este movimiento barroco, existen disputas, contradicciones y un cúmulo de conocimiento al calor de experiencias situadas. En nuestro país, el movimiento feminista adquiere características específicas, anudadas en la historia con los Encuentros Nacionales de Mujeres (ahora plurinacional de Mujeres y Disidencias, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries), Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, con nuestro movimiento obrero organizado, representantes de la intelectualidad y por supuesto, con las precursoras mujeres de distintas organizaciones políticas. El devenir de estas luchas, dio lugar a una serie de transformaciones que amplían las dimensiones de ciudadanía, de estatalidad, de la noción de trabajo y cómo se organiza la sociedad, entre muchas otras relaciones que por cierto, todavía quedan por reconstruir.

En el transcurso del primer 3J hasta el día de hoy, las demandas feministas han conquistado la centralidad de la agenda social y política. Se han dado avances transversales de organización feminista en los hogares y en los ámbitos sociales. La disputa con el Estado supo consolidar normativas como la despenalización del aborto, las leyes de cupo, paridad y equidad para mujeres y personas travesti-trans, la jerarquización de las políticas de género a primer nivel de la administración pública a través de la creación de la Ministeria, la instrumentación de la Ley Micaela, la incorporación de la identidad no binaria, el reconocimiento de aportes previsionales por tareas de cuidado, solo por nombrar algunos ejemplos. Esta experiencia, llena de sentido respecto a todo lo que se puede hacer con políticas de Estado. Nos convoca a reflexionar además, respecto a cómo nos apropiamos de nuestras propias conquistas y aporta claridad para no quedar equívocamente entrampades en discusiones político-partidistas. Esto no implica cancelar temas, sino tener perspectiva y no volver a repetir procesos de fragmentación, discutir con responsabilidad y a la altura de la historia, sacudirnos de tanta imposibilidad, amiga de la impotencia. Breguemos por la unidad y sigamos construyendo con la potencia, la inteligencia y la capacidad estratégica que supimos conseguir.